El Ibex se hunde y nadie cuestiona a sus gestores

 

Luis Aparicio

Soy consciente de la que está cayendo. Mi cerebro no se ha confinado al extremo de no saber que tenemos una caída del PIB propia de tiempos bélicos y que una pandemia indomable nos ha llevado a una situación de parálisis y paranoia. Todo ello, mientras los políticos dedican sus esfuerzos a cálculos electorales en vez de a poner remedio a la situación.

Ha vuelto el Spain is different, ese lema tardofranquista que nos trajo el turismo que ahora no se atreve a asomar el hocico por aquí. Estamos a la cabeza en la caída de crecimiento y riñendo por los primeros puestos mundiales en tasas de contagio y de mortalidad de la población.

En esta situación la Bolsa española –a nivel internacional nunca ha sido gran cosa- se hunde con sus grandes empresas y bancos registrando valoraciones ridículas que nos transportan al siglo pasado. El índice Ibex 35 de la Bolsa española ahora está maldito con volúmenes de contratación ridículos. Poco más que las operaciones corporativas y los traders, mientras el inversor finalista se ha quedado en casa o ha optado por otras plazas financieras de economías más saludables.

Los grandes blue chips de las Bolsa española están bastante diversificados en otras economías pero ni siquiera eso les salva de los malos resultados, la reducción de sus dividendos y unas valoraciones en Bolsa de risa. Las deudas contraídas en años de bonanza para expandir sus negocios allende la piel de toro son mucho mayores a su valor bursátil. Tal vez esas deudas y la consigna pública de evitar compras fuera de la Eurozona explican que no se compren estos valores a precios de saldo. Y, lo que es peor, negocios que no tienen perspectiva de un mejor futuro.

Banco Santander vale 26.000 millones de euros, Telefónica 15.600 millones (hoy perdía a ratos los 3 euros por acción), BBVA capitaliza 14.500 millones y Repsol 9.265 millones. También los bancos europeos, las telecos y las petroleras van mal en el mundo. Pero no tanto. Además, utilizar la comparación con otras compañías del sector no deja de ser un “consuelo de tontos”.

Directivos que cobran cientos de veces el sueldo medio de trabajadores, bonus, cientos de prebendas para no salirse de un guión muy triste que deja a los accionistas prácticamente arruinados. Pero ni una sola crítica a su gestión, a sus reflejos para capear el mal temporal, a su capacidad de búsqueda de otros negocios para adaptarlos a la nueva realidad económica.

Un buen ejemplo es Telefónica que no sabía qué hacer con su división de antenas, Telsius, que ni siquiera logró colocar en el mercado, mientras Cellnex ha hecho de este negocio su principal actividad y ahora vale en Bolsa la friolera de 25.301 millones de euros. Pero no solo el equipo de Álvarez-Pallete demuestra su escasa calidad (todo ello con el beneplácito de unos sindicatos trincones e inmovilistas). Cierto es que la banca está más maniatada con una regulación muy rigurosa. Pero tampoco se ha visto una idea brillante para ganar cuota, para sacar partido a otras realidades económicas en las que está presente. De igual manera, las petroleras han hecho mucho márketing de acercamiento al mundo renovable y se han metido en el negocio de la electricidad que les era ajeno. Pero la apuesta no ha sido decidida, mientras brillan en el mercado las firmas fotovoltaicas con revalorizaciones de premio de lotería.

Para esta gestión hubiera servido hasta Homer Simpson desde su panel de control de la central nuclear de Springfield. Y no solo es una cuestión de la pandemia acaecida en marzo de este año. Esto viene de atrás, manteniendo modelos empresariales obsoletos, ajenos al devenir de los cambios que se están produciendo en la sociedad y que la Covid-19 se encarga de acelerar. Pero no se escuchará ninguna crítica porque también les ocurren cosas parecidas a otras empresas extranjeras. Con esto, queda cubierto el gestor que sigue cobrando sus generosos emolumentos sin hacer nada interesante para no ser víctima de las circunstancias.

Hay ejemplos de todo lo contrario como Iberdrola o Inditex. Al margen de las presuntas fechorías de  su presidente, Sánchez-Galán, su apuesta decidida por la energía verde ha dado sus frutos. Y vean la flexibilidad de Inditex que vuelve a ganar dinero en el último trimestre y a la que no le han dolido prendas en cerrar tiendas. La gestión tiene mucho que ver en lo que está pasando, reconociendo la dificultad del momento. Pero aquí no pasará nada de nada.