Diez años de Lehman… ¿De dónde vendrán las nuevas turbulencias?

Paras Anand (Director de Gestión de Activos para Asia-Pacífico de Fidelity)

Los inversores y las autoridades han aprendido lecciones, pero podríamos estar mirando en la dirección equivocada en busca de las próximas turbulencias.

Resulta difícil creer que haya pasado una década desde que el hundimiento de Lehman Brothers desencadenara una oleada de deflación en los precios de los activos que no solo provocó sacudidas en las bolsas, sino también, y más importante, en los mercados inmobiliarios y en la economía real. Sus efectos secundarios siguen sintiéndose en todos los ámbitos, desde la política hasta la mentalidad de los inversores, por lo que los cataclismos de 2008 parece que sucedieron ayer.

Sin embargo, en este aniversario de la crisis me gustaría tomar distancia del rumor diario de los mercados y analizar qué ha cambiado desde esos fatídicos días. ¿Podría ocurrir algo similar otra vez? ¿Tienen razón los inversores al considerar que la economía mundial es frágil?

No parece probable que se pueda producir otro colapso financiero como el desencadenado por la quiebra de Lehman.

En primer lugar, las causas últimas parece que se han atajado: los bancos mantienen unos niveles de capital mucho más altos para cubrir sus carteras de créditos, las normas de concesión de préstamos se han endurecido y los precios de los activos se han recuperado. A pesar de la fuerte revalorización de los activos durante los últimos años, los inversores han mantenido la cautela y han huido del optimismo inherente que llevó a tantas personas a apalancarse para exponerse a las alzas de los precios de los activos. Además, el sistema financiero se encuentra mucho menos interrelacionado que cuando se desató la crisis, lo que significa que el riesgo de contagio es menor, si bien siguen existiendo (y existirán) focos de agitación macroeconómica y geopolítica.

Un aspecto interesante es que los actores del mercado hacen hoy en día más hincapié en los análisis macroeconómicos y geopolíticos a la hora de determinar su estrategia de inversión. Estas inquietudes no eran tan visibles en el periodo previo a la crisis, pero ahora dominan el debate en lo que constituye una consecuencia directa de la crisis financiera y otras crisis acaecidas desde entonces, desde la crisis de deuda pública de Europa hasta las perturbaciones actuales en Turquía y otros mercados emergentes. En mi opinión, el péndulo ha oscilado demasiado en esta dirección. A largo plazo, la correlación entre las evoluciones macroeconómica, geopolítica y política, y la dirección de los mercados de activos es, cuando menos, difusa. A menudo, estas turbulencias se expresan de formas aparentemente contradictorias como sucedió, por ejemplo, en 2016, cuando los mercados de bonos y acciones siguieron comportándose bien a pesar del resultado del Brexit y la elección de Donald Trump.

 Por último, cabe señalar que no todos los mercados bajistas son iguales. Así, cuando la burbuja puntocom estalló en 2000 solo se vio afectada una parte relativamente pequeña de los inversores (los especuladores con exposición a la bolsa, los partícipes de programas de opciones sobre acciones de empresas tecnológicas en fase de arranque, etc.). El crecimiento económico se frenó, pero la economía estadounidense no se contrajo durante el periodo que vio desinflarse la burbuja. Sin embargo, en 2008 la exposición de los particulares a la caída de los precios de los activos fue generalizada, lo que provocó una destrucción de la demanda a una escala mucho mayor. En esta ocasión, el vínculo entre la economía real y la deflación de los precios de los activos era atípicamente fuerte.

 Por eso, en las circunstancias actuales la valoración y las perspectivas a largo plazo de los valores individuales revisten mayor importancia para los inversores que «el humor de la Fed» o el último dato de inflación en Europa.